18 de marzo de 2018

El Yoga y la Trascendencia

Arthur Avalon, uno de los pocos europeos que estudió seriamente el yoga

La palabra yoga pertenece al sánscrito, la lengua ritual del sanatana dharma o hinduismo. Y según estudiosos de la lengua en mención, viene de la raíz yug, que significa unión. Esta primera observación hace inevitable evocar el término religare (del cual deriva la palabra religión), de similar valor semántico. Estamos entonces ante una palabra, cuya etimología indica ya una riqueza y profundidad de significado. 

Dado que el yoga es considerado uno de los darshana, (punto de vista dentro del cuerpo de las doctrinas de la India) se hace evidente, que antes que una disciplina es sobre todo un conocimiento y, por lo tanto, el estado de realización que le corresponde. Por ello el yoga o unión presupone una doctrina cuyo alcance sólo puede ser el de la metafísica pura. 

La idea de unión insinúa el final de un proceso o disciplina, pero también es usado para indicar el conjunto de prácticas tendientes a realizar esa unión. El estado de no-dualidad o la superación de todas las dualidades propias del estado condicionado humano es el yoga, que a veces es formulado, aunque no felizmente, como la fusión del atmán o espíritu con el supremo Brahmán. 

Para René Guénon, es la metafísica pura la que fundamenta la propia realización, es decir, el estado yóguico, y la versión doctrinal más clara y ortodoxa al respecto la encontramos en el vedanta, el último darshana, que significa precisamente, el “fin del Veda”. 

Estas breves consideraciones preliminares serían suficientes para darse cuenta que el yoga es algo más de lo que difunden revistas y libros en nuestros medios. Hay una profusa y abundante literatura sobre “yoga”, que se ha vuelto la herramienta que hombres modernos usan para exacerbar tendencias contrarias a lo que busca toda doctrina metafísica tradicional. Dentro del psicologismo moderno se manosea esta disciplina ancestral, sacándola de su contexto tradicional con el único fin de atenuar el estrés de la vida moderna y lograr una adecuación feliz a ese mismo estilo de vida. 

El principal equívoco respecto al yoga es que se lo asuma como una gimnasia que tiene como meta la relajación y un bienestar físico sin más. Y los que ven al yoga de esta manera ignoran convenientemente la teología y la ética que presupone su práctica. 

Algunos, de manera ya casi insidiosa, llaman al yoga una “religión sin Dios”. Y a parte del contrasentido lógico que supone esta expresión, olvidan o simplemente ocultan que en los tratados clásicos de la India sobre el yoga, la devoción a un istha devatá (forma de lo divino que manifiesta a Dios y que todo hindú adora a nivel personal) y una vida moral son imprescindibles para la práctica de esta disciplina, en cualquiera de sus formas. 

Entonces, una divulgación acrítica y a veces movida sólo por intereses mercantiles, ha presentado al yoga desgajado de su tradición, es decir, de su corazón, que es de dónde saca sus principios y desde donde se posibilita una auténtica realización.


Ramakrishna, el famoso yogui de Calcuta

Ascesis y Amor 



El término ascesis deriva del griego askasis, que significa ejercicio espiritual. Pensar sobre esta palabra quizá ayude a entender el sentido del yoga. El ejercicio espiritual, dentro de la experiencia monástica cristiana, está dada a operar una transformación o metanoia en el hombre, que, al menos dentro del cristianismo ortodoxo, se le ha podido llamar sin complejos, una divinización del hombre. Y este proceso de divinización sólo puede ser entendido, según las fuentes escriturarias de la India, como la superación del estado de condicionamiento, al que están sujetos los hombres por el solo hecho de estar en el estado humano. La razón humana no es fiable, pues es una expresión del conjunto corpóreo del ser humano, y por lo tanto está teñido de su propia imperfección. Cómo dominar esta mente y aquietarla para que pueda aflorar una instancia cognoscitiva superior es el desafío primero de toda ascesis y del yoga tradicional de la India. 

El tratado clásico sobre yoga, atribuido a Patanjali, empieza precisamente así: 


“La cesación de los movimientos de la mente es el yoga”

Así que detener la mente y sus voraces y afiebrados movimientos es preocupación primera de los cultivadores del yoga. Entonces, muchas prácticas se vuelven soportes e instrumentos que buscan predisponer y posibilitar que la fluctuación de lo ilusorio deje de ser para que lo que en verdad tiene realidad como el atmán sea. 

Y estas prácticas, como hemos dicho, presuponen una moral. Aquí está la importancia del Yama y Niyama, las partes integrantes del sistema yoga. El yama es el soporte moral, pues insiste en los prerrequisitos básicos como el no matar, el no robar, el no mentir y el mantener una vida de templanza, pues como enseña el Yoga Sutra: 

“Quien preserva su semen, alcanza la fuerza viril”

Si el hombre, decidido a hacer yoga cumple esos presupuestos morales, entonces la concentración, la postura adecuada, la respiración y la meditación le podrán llevar a la meta buscada. Así que reducir todo esto a una simple gimnasia física, cuyo fin último es relajarte, es la desnaturalización del yoga. 

Pero el yoga no es pura práctica titánica. No se asume que por sólo esfuerzos propios se realiza al Brahmán Supremo. El camino exige también amor, devoción. Y esto completa el yoga o le da su verdadero sentido. El hombre realiza esfuerzos, afina su voluntad, pero se rinde, como ser finito a la realidad infinita. Por eso en el clásico Yoga Sutra se insiste en la devoción hacia Iswará o el Señor. 

Creo que este aspecto bháktico (devocional) es el que salva al yogui de caer en la vanidad o la ilusión de ciertas habilidades o poderes que pueda adquirir en los ejercicios yóguicos. Esto lo enseñó claramente el gran Ramakrishna, cuando reiteradas veces se refirió a que el hatha yoga conllevaba un apego al cuerpo, y por eso lo desaconsejaba a sus discípulos.

Recordar a Dios, repitiendo sus nombres con auténtica devoción es la vía regia para realizar a Brahmán según el santo de Calcuta. Así que ¿alguien osará desautorizar a Ramakrishna y afirmará que el dominio del cuerpo es superior al amor por lo Divino?

2 de marzo de 2018

Mirando el fuego


La vida cotidiana del hindú está impregnada de actos rituales. El hombre hindú es un hombre ritual. Y los actos de adoración muestran a un pueblo todavía conmovido y absorbido por la idea de lo sagrado. Uno de los actos rituales que conforman la vida de un hindú son los homas o rituales en donde el fuego es el centro, como ofrenda o como objeto de adoración. 

El fuego está presente en la India a cada paso, en cada casa, en los math o ashrams. Pero es en los templos donde tiene viva presencia. El momento culmen de la adoración es el árati, es decir, cuando se ofrece fuego a la deidad. 

Si como señala la etimología la palabra hogar viene de hoguera, sólo en la India se vive la experiencia plena de hogar pues el fuego está prendido sin apagarse día tras día y en muchas casas, los miembros de la familia se turnan para mantener y custodiar el fuego sagrado que siempre está en un altar con la deidad que rige o cuida ese hogar. 

A parte de ello hay como ya hemos señalado rituales especiales llamados homas y que son realizados por brahmanes, los miembros de la casta sacerdotal en la India, quienes realizan el rito recitando versos védicos. 

En la India observé unos homas colectivos que atraen por su fuerza, la misma que está presente no sólo por el fuego, sino por los cantos védicos que los acompañan y que son cantados con devoción. 

En Nueva Delhi, durante mi estancia en el Aurobindo Ashrám, fui atraído por la recitación colectiva de unos mantras alrededor de un fuego, prendido en una pirámide invertida gigante. Invitado a participar del círculo, seguí los cantos al tiempo que, como todos, atizaba el fuego echando alguna yerba o astillas de madera. El canto más recurrente y persistente que reconocí fue el Gáyatri mantra, un himno védico que tiene un prestigio sin igual en la India y que está mencionado en varias escrituras tradicionales como en la Bhagavad Gita: “Entre los himnos védicos, Yo soy la gáyatri” (Gita: X, 35) 

Este mantra es mayormente pronunciado sólo por los brahmanes. Es el gurú quien inicia a su discípulo en la pronunciación de este auspicioso mantra. Debo agregar que dentro del hinduismo los mantras tienen que ser dados por un hombre de conocimiento, un Swami, para poder ser usados por quienes los reciben. 

Tras la culminación del homa, los devotos contemplan las llamas del fuego hasta que se apaguen. Los materiales del fuego ahora son ceniza, pero no como cualquier ceniza que se produce al quemar algo. Esta ceniza es pura y nunca es negra como la ceniza común. Algunos discípulos recogen la ceniza que el homa ha producido y marcan su frente con un poco de ella. Otros lo ingieren con fines terapéuticos. 

En lugares considerados sagrados como Benarés, Haridwar o Allahabad, se pueden ver algunos sadhus desnudos pero con todo el cuerpo cubierto de ceniza blanquecina. 

Esta ceniza es llamada vibhuti o también bhasma y es usada para hacer marcas en algunas partes del cuerpo como hacen tanto los shivaítas como los vaisnavas. La marca más característica en el caso de los adoradores de Shiva son tres líneas horizontales en la frente llamada tripundra. Algunos también lo usan para hacer la tika, la marca en el entrecejo, el punto llamado “ojo de Shiva”.


16 de febrero de 2018

A propósito del Maha Shivaratri


Esta semana los hindúes celebramos el Maha Shivaratri, la gran noche de Shiva. La festividad está dedicada a una de las deidades más importantes en la tradición Hindú, por ello queremos exponer algunas ideas sobre el Dios transformador de la India.

Presentar a Shiva no es tarea fácil, pues comprender a esta divinidad exige separar los aspectos mitológicos y cosmológicos de la metafísica pura. 

Un aspecto fundamental de la tradición Hindú es la concepción de la Trimurti. Nos referimos a la triada conformada por Brahmá, Vishnu, y Shiva. Y estos tres aspectos manifiestan diversas funciones de la divinidad considerada como Dios personal o manifestado (iswara), entendiéndose por lo tanto –así lo ve claramente el hinduismo- que la trascendencia de éste es lo no manifestado, lo cual se conoce en la India como Brahman, lo absoluto y universal. 

A pesar de lo dicho los hindúes pueden considerar sin ningún problema a Shiva tanto como una deidad integrante de la Trimurti, como el mismísimo absoluto o Dios no manifestado. Por eso un adagio hindú afirma: “Nada existe que no sea Shiva” (nasivam vidyate kvacit).

El prestigio de esta divinidad hindú no solo se fundamente en sus millones de adoradores sino en las escrituras más antiguas. Debemos recordar además que imágenes o símbolos de Shiva se encuentran en los restos más antiguos de la India, como los templos de Mohenho Daro (que se encuentran en el actual Pakistán). 

En uno de los Puranas (colección de relatos mitológicos) más antiguos se relata lo siguiente:

Estando Vishnu descansando sobre las aguas, se presentó ante él Brahma como una deidad super luminosa. Ante esta aparición Vishnu inquirió a Brahma sobre su naturaleza y origen, respondiendo este que era el Dios Supremo, independiente y poderoso.

Vishnu no aceptó las pretensiones de Brahma y se sumieron en un largo debate para esclarecer quién era de ellos el ser más eminente. Ante esta situación emergió del océano un inmenso lingan, y de este surgió Shiva como un ser super gigante. Entonces Vishnu y Brahma decidieron viajar cada uno a un extremo, para poder así medir la altura y profundidad de Shiva, no pudiendo llegar al límite alguno. Así las dos deidades se rindieron, reconociendo a Shiva como la verdadera Divinidad Suprema. 

Para el orientalista alemán Heinrich Zimmer:

Siva aparece aumentado en el linga, realzado, acrecentado como elemento básico omnicomprensivo. El papel de destructor es ahora sólo una de sus tres manifestaciones principales. Junto a Brahma el Creador y Visnu el Conservador, Siva el Destructor coexiste con Siva el Supremo.
Mitos y Símbolos de la India, 128 pp. Ed. Siruela.


También podemos citar a René Guenón respecto a la comprensión de Shiva tanto como Dios transformador y como Dios absoluto: 

[Shiva] Es el paso “al más allá de la forma”, que no aparece como una destrucción sino desde el punto de vista especial y contingente de la manifestación; es el paso de lo manifestado a lo no manifestado, por el cual se opera el retorno a la inmutabilidad eterna del Principio supremo.
Introducción General al Estudio de las Doctrinas Hindúes, 196 pp., Ed. Losada.


Los hindúes reconocen a la vez diversas manifestaciones o aspectos de Shiva, los cuales se expresan en los 108 nombres con los que es invocado. Así tenemos, por ejemplo, a Shiva Nataraja o danzante, el Shiva Ardhanari (andrógeno), Shiva Asceta o yogui perfecto, etc.


Varias de estas cualidades o aspectos lo podemos encontrar también en la representación clásica de Shiva como yogui en el cual se puede ver el tridente como símbolo de destrucción o transformación, el tambor como el sonido creador, la ceniza sagrada que lo manifiesta como un asceta que ha dominado todas las pasiones, y otros.

La ciudad de Benarés o Varanasi está presidida por Shiva y en ella los peregrinos hindúes podemos encontrar más de 2000 templos, en los cuales los símbolos de Shiva están siempre presentes, permitiéndonos adorar y contemplar lo divino. 



1 de febrero de 2018

La Kumbha Mela



Uno de los sucesos que más impacta a los viajeros y peregrinos que han visitado la India es, sin duda, la Kumbha Mela. Un festival religioso de carácter multitudinario en el sentido estricto de la palabra, pues aglomera a millones de personas, convirtiendo este evento en la reunión de seres humanos más grande del planeta.

Tradicionalmente se realiza en la ciudad de Prayag (actual Allahabad), aunque Melas menores se realizan también en las ciudades de Haridwar, Benarés y Ujain.

Aunque estos baños rituales se realizan todos los años (mayormente en el mes de Magha), el Mela mayor es llamado Kumbha Mela y se realiza cada 12 años, habiendo sucedido el último en el año 2013.

La Kumbha Mela es una festividad tradicional hindú y como tal no sólo se realiza en un lugar especial (el punto de reunión de tres ríos sagrados, el Gangá, el Yamuna y el Saráswati), sino también en un momento único. 

El evento es único porque reúne a millones de personas, de todas las escuelas y corrientes del hinduismo, con el único afán de tener bendiciones de los swamis, de ser instruidos por los sadhus (monjes) y de bañarse en el río para purificarse. 


Pero ese baño multitudinario, que sella la participación en la Mela es y debe ser realizado, como hemos dicho, en un momento único: en ese momento se debe manifestar la mayor armonía celeste. El evento, por lo tanto, en su momento culmen, el baño, se realiza cuando el Sol y Júpiter se encuentren en una relación de armonía máxima. Júpiter es el planeta más auspicioso y relacionado con la espiritualidad, pues rige en los mapas natales la casa nueve, que es la morada del Gurú, los viajes largos y los peregrinajes.

Para la sabiduría astrológica existen configuraciones de los astros que favorecen los actos humanos, mundanos o espirituales. Y para la astrología hindú en particular (jyotisha) este momento especial llamado muhurta es conocido mediante escrupulosos cálculos matemáticos. Y una vez establecido, es respetado por todos.

Tuve la oportunidad de participar en el último Kumbha Mela en la ciudad de Allahabad. La experiencia satura los sentidos y rebasa toda imaginación.

Una verdadera ciudad de campamentos se levanta frente al río. Y en sus avenidas transitan diariamente olas interminables de peregrinos de toda la India y visitantes. Ellos buscarán estar junto a sus líderes espirituales y a la vez visitarán a otros swamis y monjes para tener su bendición o participar de sus enseñanzas.

Aunque domina un clima festivo y el movimiento incesante de masas humanas pueden aturdir a los visitantes, un clima de espiritualidad lo impregna todo. Además, ver a millones de personas rindiéndose ante lo sagrado puede lograr conmover al más escéptico en materia religiosa.


17 de enero de 2018

Sri Saraswati



En el quinto día de esta Luna nueva (mes de Magha en el calendario hindú) los hindúes celebramos el día de Saraswati. Por ese motivo dejamos estas breves consideraciones sobre la divinidad femenina.


Visitando una vez un templo hindú, pregunté por qué se decía Radha-Krishna y no al revés. Una devota me respondió: “porque se llega a Krishna a través de Radha”.

Aunque nuestra lógica nos puede llevar a pensar que la relación normal es la de el Dios y la Diosa, en la India el orden es inverso. Y esto muestra un aspecto peculiar y a la vez fundamental de la tradición hindú.

La India mantiene el culto a lo femenino. La Diosa, como Madre, como Tierra, como naturaleza, emerge como una deidad protectora e intermediaria entre el hombre y lo absoluto. Por ejemplo, la Madre Ganga limpia nuestros pecados. Párvati, la Diosa de las Montañas, protege nuestro camino hacia las cimas espirituales. Durga extermina a los enemigos. Laxmi auspicia la prosperidad. Y Saraswati Devi hace posible el conocimiento y la música.

Saraswati es una deidad para los hindúes, y como tal se le representa con varios brazos, símbolo de su poder (el cual se manifiesta en todas las direcciones) y trascendencia. 

La cítara que alude al sonido, nos recuerda que el conocimiento fue primero escuchado o recibido a través de los sagrados mantras que conformaron la literatura védica. Esto a la vez nos muestra la importancia de la trasmisión oral del conocimiento.

Es importante recordar que occidente no careció de esta tradición antigua. En la historia de la filosofía encontramos momentos cumbres donde lo femenino brilla, no como discurso filosófico, sino como fuente del mismo: Sócrates jura solemnemente en el Banquete que la doctrina sobre el amor que enunciará le fue transmitida por Diotima, posiblemente una sacerdotisa.

En otro momento de la historia hubo una irrupción de lo femenino como manifestación de la sabiduría y de la intermediación entre el plano humano y el divino. Además de estar plasmado en una obra crucial (La consolación de la filosofía) que nos sirve para entender el pensamiento de la cultura occidental.

Nos referimos a Boecio, quien vivió en el siglo V después de Cristo. Él había dedicado toda su vida a la filosofía. Sin embargo, por lo peculiar de su destino, terminó de pronto encarcelado y proscrito por el rey al que había servido. El Sabio, sintió la inusitada carga de verse traicionado y marginado. Cayó en la debilidad e inerme renegó de su suerte. 

En este instante crucial, personal pero histórico para toda la civilización, se dio el fenómeno acariciado por muchos místicos: la Filosofía aparece encarnada en forma de una mujer. En el fondo oscuro de su celda, una luz brillante ciega al filósofo y tras unos minutos una imagen empieza a emerger, despacio, hasta mostrarse con toda nitidez. Es la Filosofía, encarnada en una mujer de belleza sin igual. Su presencia, aunque etérea es contundente para el filósofo y la enseñanza primera de ésta es que la vida debe superar el plano de la acción o la práctica para alcanzar la vida contemplativa. 

Hay muchas pruebas más sobre la importancia de la intercesión femenina en la búsqueda y consecución de la sabiduría. En la literatura caballeresca la presencia de la Dama no parece indicar otra cosa, como en el Amadís de Gaula o la saga del Grial. No podemos dejar de mencionar también el culto mariano dentro del cristianismo que aunque de forma muchas veces velada manifiesta también esta enseñanza. 

En la India, mayormente en los altares la deidad masculina tiene a su costado su consorte o contraparte femenina. Y es que una espiritualidad ligada a la naturaleza, a su magia y poder, no puede desconocer la primerísima importancia que reviste lo femenino. Pero a la vez, también existe el culto a la devi como representación de lo absoluto mismo. 

La Madre Divina así es no sólo objeto de adoración. Es el centro de una doctrina y un conjunto de prácticas consecuentes para realizar lo divino. Om Devi Saraswati Sharanam.






2 de enero de 2018

El científico y el santo

El científico y el santo - Avinash Chandr

Nos parece pertinente empezar este nuevo año comentando en nuestro blog la aparición de un nuevo libro que sin duda dará luces sobre varios aspectos de la Tradición Hindú. 


Nos referimos a El científico y el santo* del escritor hindú Avinash Chandra,  quien ha escrito este libro tras varios años de investigación.



El libro es voluminoso pues abarca múltiples temas. Sin embargo, aunque ambicioso no es pretencioso, pues como avisa el autor en las primeras páginas, el texto no pretende ser original sino presentar de manera coherente y sencilla las enseñanzas del Dharma Hindú y también algunas correspondencias con otras tradiciones espirituales.

Las primeras partes se dedican a presentar la naturaleza de la ciencia moderna -la cual sólo tiene pocos siglos de existencia- y a la vez sus límites y excesos. Sirviéndose de numerosas citas el autor pone en evidencia el cientificismo, es decir la creencia de que la ciencia moderna, con los métodos que le son propios, es el único saber que puede explicar la realidad. Esta ideología, heredera del positivismo del siglo XIX pretende reducir la realidad al plano de lo puramente material, desconociendo la multiplicidad de lo real. 

Aparte de esto, el autor escrudiña la naturaleza del conocimiento, poniendo énfasis en los aportes de la psicología hindú. La cual reconoce a la conciencia como una instancia cognoscitiva superior, la que permite precisamente la realización de los estados del ser trascedentes. La psicología moderna, en cambio, renunció al concepto de conciencia. Despojado así el hombre, quedó reducido a un ser puramente biológico pues incluso la mente y su complejidad quedan “explicadas” por la bioquímica del cerebro.

Todo esto nos remite al final a la idea del hombre y sus posibilidades. Las concepciones modernas, tanto científicas como filosóficas conllevan al escepticismo y al relativismo. Lo cual ayuda a entender el grado de desorientación y frustración del hombre actual. 

El hombre normal – nos dice el autor – el hombre de la calle, es hoy en día el prototipo de hombre. Se supone que ya somos completos en nuestra imperfección; no tenemos que esforzarnos en llegar a ningún sitio salvo en lo que atañe a cuestiones prácticas. Pero para la sabiduría antigua el hombre normal no es sino un hombre incompleto y menesteroso, un proyecto, un punto de arranque para llegar al hombre verdadero.**

Sin duda es un acierto, a parte de un tremendo desafío proponer la “santidad” o la búsqueda de ella frente a la ciencia moderna que parece ahogar al hombre actual en velocidad y vacío. El santo no es un ser utópico ni una construcción nostálgica. El santo es una realidad visible que nos confronta y nos pone de cara a lo invisible.



*El científico y el santo. Avinash Chandra. 777 páginas, Olañeta Editor, España, 2016.
**Página 49.

4 de diciembre de 2017

El Deber de la Contemplación



Hace algunas décadas, el filósofo Martin Heidegger, afirmó que “la filosofía no servía para nada y que así debía ser”. Está intuición del genio alemán no fue muy comprendida en su momento y quizás muchos menos ahora en que predomina una visión pragmática y utilitarista de la vida. Sin embargo, en la India esta enseñanza no sólo tiene vigencia sino que, podríamos decir es el fundamento mismo de la Tradición Hindú.

Se calcula que existen más de 8 millones de sadhus (monjes que han asumido la renuncia al mundo y sus exigencias, para dedicarse exclusivamente a la búsqueda y realización del Ser Supremo).

La presencia de los sadhus impregna y tiñe a la India de un halo espiritual. Se los puede ver en todas las ciudades de la India y siempre despertando el respeto y veneración de los hindúes.

Esto se puede comprender cuando sabemos que todas las fuentes escritas y orales del dharma hindú afirman categóricamente que el valor mas elevado es la verdad suprema y que por lo tanto la búsqueda de esta última es el deber más noble al que puede dedicarse un ser humano.

Según las escrituras védicas existen cuatro etapas en la existencia humana: la etapa de estudiante, la del hombre casado, luego la etapa del buscador espiritual y la renuncia. En  la primera, el hombre se debe abocar al estudio de las escrituras bajo la guía de un gurú. En la segunda, el hombre asume la vida familiar logrando así producir riquezas y a la vez el disfrute de los placeres mundanos. En la tercera etapa (vranaprastra) el hombre se prepara para la búsqueda espiritual intensa, superando así las ligaduras de la vida familiar. Después viene por fin la etapa de sanyasa en la cual el hombre renuncia al mundo y se prepara para el momento final, cuando tenga que dejar su cuerpo. Tenemos así estas cuatro etapas que garantizan para el hindú el cumplimiento del deber de lacontemplación.


Podemos decir que lo se le muestra al hombre como su deber máximo es el cultivo del teheorein o vida contemplativa.

La etimología nos dice que la palabra teoría significa “contemplación”. Refiriéndose a la filosofía, los antiguos filósofos clásicos afirmaban que era un saber teorético  o contemplativo por excelencia, por eso para Platón “filosofo es aquel que gusta de contemplar la verdad”.

La superioridad de la vida contemplativa frente a la vida activa ha sido refrendada por toda tradición espiritual: la vida teorética nutrió y plasmo el ideal de perfección de las más grandes civilizaciones de la humanidad.

La recurrencia primero al ser y después al hacer nos permite direccionar nuestra acción externa en base a un conocimiento interior. Pero sería un contrasentido que este conocimiento interior este basado o sea el reflejo de la realidad externa.

René Guenón a quien hemos mencionado ya algunas veces por ser uno de los expositores más cualificados de las doctrinas espirituales del oriente, escribió respecto a la contemplación:

“las doctrinas orientales así como las doctrinas antiguas de occidente declaran unánimemente que la contemplación es superior a la acción, así como lo inmutable es superior al cambio. La acción, que no es más que una modificación transitoria y momentánea del Ser, no puede de ninguna manera contener en si misma principio y causa suficiente; sino depende de un principio fuera de su propia esfera de contingencia, es algo puramente ilusorio”

En toda tradición religiosa se habla también de la superioridad del conocimiento contemplativo sobre el práctico pues el primero es el que da sentido al segundo.

En el cristianismo está perfectamente ilustrado en el relato sobre las hermanas Marta y María (Evangelio de San Lucas, 10:38-42).

La vida contemplativa entonces es también religiosa. Nace en el hombre que no ha ahogado su luz interior, y que por ello mismo se siente religado (unido) consigo mismo y con la realidad.


Mayormente se ha acusado al místico de escapar del mundo, pero, como escribió Frithjof Schuon “es preferible escapar del mundo para buscar a dios, que escapar de Dios para buscar el mundo”.