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15 de junio de 2018

El Templo Hindú



(Segunda parte) 



En nuestro texto anterior afirmamos que el templo hindú estaba estrechamente ligado a la naturaleza. Y esto quizá exige una primera observación: pese a existir millones de templos en la India, éstos no son imprescindibles para que el hindú pueda consumar sus actos de adoración. Por eso es común ver en las ciudades más tradicionales de la India (Benarés, Haridwar, Rishikesh, Yosimat) cómo hindúes se detienen ante ciertos árboles o ciertos ríos para realizar allí una ofrenda, oración o simplemente sentarse en actitud contemplativa. Aparte de esto, la naturaleza está presente en el templo no sólo de manera fáctica, en el agua, las ofrendas (que mayormente son flores o frutos) y el fuego, sino también por el simbolismo que mayormente está presente en la deidad que habite el lugar. No está demás insistir que no hay aquí pizca alguna de panteísmo. Pues reconocer la presencia divina en el devenir no se hace desconociendo la trascendencia de la divinidad. 

Un hecho que debo resaltar es que en los templos hindúes no se suelen realizar ciertas ceremonias o reuniones comunitarias que tengan como fin el participar de alguna prédica. Muchas ceremonias o sacrificios tradicionales se realizan en las casas de las familias (como el matrimonio). O simplemente al aire libre y cerca a la naturaleza, si se puede. Hay templos incluso tan pequeños en que ni siquiera cabría esto como posibilidad. 

Un templo de regular tamaño puede tener varias estancias, también varios altares, pero mayormente tendrá una deidad principal o central. El movimiento dentro del templo es incesante. Los devotos y peregrinos ingresan siempre en actitud reverente encaminándose hacia la divinidad principal. Pues a ella es a quien lleva su ofrenda y respeto. Ésto en la búsqueda de tener el darsham de la deidad. La palabra darsham que se traduce como presencia, indica que el hindú va al templo a participar de la presencia de Dios, así como también puede hacerlo con un gurú en un ashram, pues también se tiene el darsham de un gurú. 

Creo que en el darsham uno es visto o mirado por la divinidad. Quiero decir que comúnmente nos puede parecer que uno mira o contempla a la deidad pero en realidad ella nos mira a nosotros. Entonces, el asunto es tener la actitud adecuada para dejarse mirar por ella. 

Hay templos en India muy populares y famosos. En los que miles de devotos buscan el darsham con la deidad. En Calcuta pude asistir al famoso templo de la Diosa Kali, de la cual el gran santo hindú Rama Krishna, fue su adorador y sacerdote. Ya estando a pocos metros frente a la deidad decenas de devotos estaban apretujados delante de mí, lo cual me impedían ver los ojos de la Diosa. Debido al ajetreo pensé que no iba a ser posible, en esta visita, tener la bendición, pero de pronto, en un instante, se abrió un espacio y tuve los ojos de la Diosa Kali sobre mí por unos segundos. Pronuncié un mantra y me retiré satisfecho. 

Los que custodian los templos en la India y realizan los rituales son los sacerdotes o brahamnes. Ellos conforman la primera casta dentro del orden social hindú y que tiene fundamento en los mismos vedas. Muchas veces al llegar al templo se le entrega a él la ofrenda y a la vez éste puede colocarte la tika o marca en el entrecejo que es como la bendición de la deidad. También puede darte algún fruto o agua que ha sido ofrecida. Aparte, también se puede ver siempre en los templos o cerca de éstos a monjes o sadhus que están con sus cuentas en la mano, realizando lo que se llama “japamala” repetición del nombre divino. Una vez, por ejemplo, en el templo de Kedarghat en Benarés me conmovió un grupo de monjes que estaban como en un pequeño círculo recitando los mantras sagrados. 



Continuaré con este tema en mi siguiente publicación… 

4 de diciembre de 2017

El Deber de la Contemplación



Hace algunas décadas, el filósofo Martin Heidegger, afirmó que “la filosofía no servía para nada y que así debía ser”. Está intuición del genio alemán no fue muy comprendida en su momento y quizás muchos menos ahora en que predomina una visión pragmática y utilitarista de la vida. Sin embargo, en la India esta enseñanza no sólo tiene vigencia sino que, podríamos decir es el fundamento mismo de la Tradición Hindú.

Se calcula que existen más de 8 millones de sadhus (monjes que han asumido la renuncia al mundo y sus exigencias, para dedicarse exclusivamente a la búsqueda y realización del Ser Supremo).

La presencia de los sadhus impregna y tiñe a la India de un halo espiritual. Se los puede ver en todas las ciudades de la India y siempre despertando el respeto y veneración de los hindúes.

Esto se puede comprender cuando sabemos que todas las fuentes escritas y orales del dharma hindú afirman categóricamente que el valor mas elevado es la verdad suprema y que por lo tanto la búsqueda de esta última es el deber más noble al que puede dedicarse un ser humano.

Según las escrituras védicas existen cuatro etapas en la existencia humana: la etapa de estudiante, la del hombre casado, luego la etapa del buscador espiritual y la renuncia. En  la primera, el hombre se debe abocar al estudio de las escrituras bajo la guía de un gurú. En la segunda, el hombre asume la vida familiar logrando así producir riquezas y a la vez el disfrute de los placeres mundanos. En la tercera etapa (vranaprastra) el hombre se prepara para la búsqueda espiritual intensa, superando así las ligaduras de la vida familiar. Después viene por fin la etapa de sanyasa en la cual el hombre renuncia al mundo y se prepara para el momento final, cuando tenga que dejar su cuerpo. Tenemos así estas cuatro etapas que garantizan para el hindú el cumplimiento del deber de lacontemplación.


Podemos decir que lo se le muestra al hombre como su deber máximo es el cultivo del teheorein o vida contemplativa.

La etimología nos dice que la palabra teoría significa “contemplación”. Refiriéndose a la filosofía, los antiguos filósofos clásicos afirmaban que era un saber teorético  o contemplativo por excelencia, por eso para Platón “filosofo es aquel que gusta de contemplar la verdad”.

La superioridad de la vida contemplativa frente a la vida activa ha sido refrendada por toda tradición espiritual: la vida teorética nutrió y plasmo el ideal de perfección de las más grandes civilizaciones de la humanidad.

La recurrencia primero al ser y después al hacer nos permite direccionar nuestra acción externa en base a un conocimiento interior. Pero sería un contrasentido que este conocimiento interior este basado o sea el reflejo de la realidad externa.

René Guenón a quien hemos mencionado ya algunas veces por ser uno de los expositores más cualificados de las doctrinas espirituales del oriente, escribió respecto a la contemplación:

“las doctrinas orientales así como las doctrinas antiguas de occidente declaran unánimemente que la contemplación es superior a la acción, así como lo inmutable es superior al cambio. La acción, que no es más que una modificación transitoria y momentánea del Ser, no puede de ninguna manera contener en si misma principio y causa suficiente; sino depende de un principio fuera de su propia esfera de contingencia, es algo puramente ilusorio”

En toda tradición religiosa se habla también de la superioridad del conocimiento contemplativo sobre el práctico pues el primero es el que da sentido al segundo.

En el cristianismo está perfectamente ilustrado en el relato sobre las hermanas Marta y María (Evangelio de San Lucas, 10:38-42).

La vida contemplativa entonces es también religiosa. Nace en el hombre que no ha ahogado su luz interior, y que por ello mismo se siente religado (unido) consigo mismo y con la realidad.


Mayormente se ha acusado al místico de escapar del mundo, pero, como escribió Frithjof Schuon “es preferible escapar del mundo para buscar a dios, que escapar de Dios para buscar el mundo”.