10 de mayo de 2017

LA TRADICIÓN HINDÚ


     Hace ya dos siglos que el filosofo Hegel desterró al pensamiento hindú de su Historia de la Filosofía. El genio alemán defendía una racionalidad infalible al mismo tiempo que el poder absoluto de un imperio. Eran los inicios de la modernidad precedida por la celebrada Ilustración.

     Tras la euforia racionalista vino la reacción romántica y luego el psicoanálisis. La nueva presencia perturbadora del subconsciente bastó para darnos cuenta que el hombre era algo más que una máquina cogitadora. Se dio entonces una nueva mirada al Oriente sin el prejuicio eurocéntrico de la llamada antropología clásica. Nuevos eruditos como Mircea Eliade o Heinrich Zimmer dieron a conocer las doctrinas y prácticas de la antigua India.

     Pero fueron René Guenón y Alain Daniélou quienes dentro de una perspectiva metafísica y menos académica, es decir, más fiel al pensamiento hindú, dieron a conocer el aporte insuperable de esta tradición, la más antigua de la humanidad.

     El filósofo hindú es profundamente religioso, pues intuye que el arribo a la verdad no es otra cosa que la realización espiritual, y esta exige fe, autocontrol, discriminación y contento. Como ejemplos paradigmáticos podemos mencionar a Adi Shankaracharya y a Ramanuja. Y es que la filosofía, en su sentido original de búsqueda de la sabiduría, tiene en la India la característica de no divorciar la vida intelectual de la vida moral y, sobre todo, de no separar la vida intelectual de la vida religiosa. 

    La cultura moderna, narcisista y ebria de velocidad, mira con sospecha todo saber antiguo y todo discurso religioso. Y frente a ello, se mantiene incólume en la India, un universo tradicional donde la divinidad aún alimenta la vida sencilla y las más altas inquietudes metafísicas. 


30 de abril de 2017

Adi Shankaracharya Jayanti

    Los hindúes celebran hoy el nacimiento de Adi Shankaracharya, uno de los sabios más importantes de esta tradición espiritual. Su imagen, un dibujo que lo representa como un monje sentado en actitud de prédica, es bastante popular en la India. Y es que la tradición monástica hindú le debe a este personaje su organización y su vitalidad. Por eso se le suele llamar el revivificador del dharma.


    Además, sus innumerables escritos se han vuelto imprescindibles para comprender las doctrinas metafísicas de la India. Por eso, el célebre erudito Ananda Coomaraswamy le llamó el Santo Tomás de Aquino de la India. Es pues, el mayor escolástico que ha dado la tierra de los bharatiyas a la humanidad. 



    Shankara nació en el sur de la India, siendo hijo de una pareja de brahmines piadosos. Cuenta la tradición que antes del nacimiento de Shankara, su madre tuvo una visión en la que el mismísimo Shiva le pidió escoger entre tener un hijo que tuviera larga vida pero de inteligencia mediocre y otro que brillase como nadie por su inteligencia, pero con una vida corta. La madre escogió lo segundo, y de ahí la precoz muerte del gran sabio hindú.

    Adi Shankaracharya fue el intelectual por excelencia, si tomamos esta palabra en su sentido original. Por ello, nuestro personaje también fue asceta y devoto. Comprendió y expuso la doctrina asumiéndola como el resultado de una vida ritual y de una moral radical. Conoció al supremo Brahmán, absoluto, infinito y más allá de toda forma, pero a la vez adoró a la Diosa, la shakti, el poder divino. Y adoró también a Vishnú, a Rama y a Shiva. Es por ello que, a parte de sus comentarios a los libros sagrados como la Bhagavad Gita y los Upanishads, encontramos cantos e himnos a dioses como Vishnú, Shiva o a la diosa Durga.

    Ahora quiero mencionar el aporte más monumental de Adi Shankaracharya. Me refiero a la organización del monasticismo hindú, el cual es en la India como una garantía de la permanencia de la tradición. 

    El sabio hindú no tiene equivalencia alguna con ningún grado académico occidental. Ninguna etiqueta o título universitario, por más prestigio que tenga en nuestros lares se le compara. El sabio es un jivamukti, es decir, un liberado en vida. Incluso, para muchos en la India es un avatar de Shiva, un descenso de lo divino al plano humano con una misión particular. 

    Y la misión de Adi Shankaracharya parece que fue el establecimiento de cuatro grandes monasterios en el territorio de Bharat, con los cuales se estableció un linaje espiritual que permanece incólume hasta la actualidad. Esta cadena discipular garantiza la vitalidad y vigencia de la tradición hindú.

    Los monasterios, llamados maths, fueron establecidos en los cuatro puntos cardinales de la India. Así en el norte fundó el monasterio de Jotirmath, en la ciudad de Joshimat, en las faldas de los Himalayas. En el oeste lo estableció en la ciudad de Dwarka, famosa por haber cobijado varios años a nada más que a Krishna, el avatar de Vishnú. En el sur, estableció el monasterio de Sringeri, en el estado de Karnataka. Y en el este, el monasterio de Puri, en Buvaneswar.

    Gracias a la conspiración de los dioses, tuve la oportunidad de conocer dos de los cuatro maths. En Jotirmath, se encuentra el templo y la piedra sobre la cual Adi Shankaracharya solía enseñar. Los monjes siguen cumpliendo las disciplinas. Desde muy temprano recitan los textos védicos, en sánscrito, la lengua más antigua de la humanidad. Lo mismo vi en Dwarka, un lugar de peregrinaje y centro espiritual de primer orden.

    Conocí al Shankaracharya actual de estos dos Maths, Swami Swaroopananda Saraswati. Y después de varios darsham con él, supe que estaba ante un hombre venerable. Un sabio, cuya labor incansable, a pesar de su avanzada edad es la de custodiar y mantener el Dharma hindú. Guru Brahma, Guru Vishnú, Gurrudevo Maheswará.




18 de febrero de 2016

Ramakrishna, el santo de Dakshineswar



   Creo que en la literatura hagiográfica no existe un personaje que sea tan atractivo y cuya semblanza sea siempre un desafío constante, como Ramakrishna. Pese a que sus discípulos directos han contado mucho sobre él, su vida parece presentar cada vez nuevas facetas. Y hoy que se celebra un año más de su nacimiento, me permito esta nota sobre del santo bengalí.

   Nuestro personaje posee un nombre compuesto por dos importantes dioses del hinduismo: Rama y Krishna, ambos considerados encarnaciones de Vishnú, que en la trimurti hindú representa el aspecto conservador del supremo Brahmán.

   Sin embargo,  él es shivaíta. Un asceta y seguidor de Shiva, el aspecto transformador  y destructor de todas las ilusiones. Y a la vez es un shakta, un adorador de la diosa en su forma más terrible: Kali la negra. 

   Buscar a Dios es una pasión. Hay ardor. A veces también se retrocede. Pero en un hombre como Ramakrishna, la búsqueda de lo Divino no cesa hasta poseer el verdadero conocimiento. Y cuando esto sucede, se da lo que dice un upanishad: “para adorar Dios hay que ser un Dios”. Ramakrishna se hizo uno con lo adorado y se volvió un Dios.

   Ramakrishna nació en Kamarpukur, un pueblo cerca a Calcuta, el 18 de febrero de 1836. De familia brahmín, de niño tenía gusto de participar en los dramas sagrados, donde actuaba representando a algunos personajes del Ramayana o de la Bhagavad Gita. En esas actuaciones, como refiere Roman Rollan en su popular biografía sobre el santo, La vida de Ramakrishna, el niño se quedaba inmóvil mientras las lágrimas corrían por su rostro. Estos éxtasis ya mostraban a dónde iba a llagar el adorador de la diosa Kali. Los trances se suceden. La actitud histriónica del niño Ramakrishna va de la par con una devoción exacerbada. Baila, actúa, pero sobre todo, se entrega, se rinde ante la deidad.

   Según Rollan, Ramakrishna es “la rama florida del árbol de Chaitanya”.  Y es que en la misma tierra de Bengala vivió hace más de cinco siglos uno de los místicos más afamados de la India y un referente obligado de todos los vaisnavas, los adoradores de Vishnú o Krishna: Chaitanya. Él fue un místico de mucho poder espiritual. Enseñó a todos una práctica devocional aparentemente simple, centrada en el kirtán y recitación de los nombres de Krishna. Se ha afirmado que revivificó la tradición vaisnava y el camino bháktico hindú, donde la devoción, que “sólo” exige pureza de corazón y entrega, puede llevar al devoto a elevadas cimas espirituales.  

El santo y la Diosa

   Ramakrishna adoró a la Diosa Kali por muchos años. Esto lo hacía un shakta, un adorador de lo divino a través de su forma femenina. Kali, la diosa negra, de imagen aterradora, cuidaba tiernamente al santo y por su intercesión éste pudo tener las experiencias  espirituales más inefables que se puedan testimoniar en la historia del misticismo.

   Sin embargo, el acercarse y relacionarse con lo Femenino exige no poca comprensión y una fina cualificación espiritual. Ramakrishna afirmaba que en toda mujer veía a la Madre, pues esa forma escogió para relacionarse con lo divino. Era además, para él, el camino más seguro y claro, el camino sacerdotal. El camino heroico, el del amante, era muy peligroso, sobre todo en la época actual del Kali Yuga, pues entrañaba el peligro de caer en la sensualidad.

   En Calcuta está el lugar donde vivió Ramakrishna, Dakshineswar. Se ha vuelto un lugar imprescindible para los peregrinos y buscadores espirituales. Como la vida y enseñanza de este santo (que enseñaba de manera sencilla las formulaciones más difíciles del Vedanta), había alimentado mi búsqueda espiritual, estar allí lo tomé como una bendición del santo. Él me permitía caminar por donde él puso sus pies y contemplar a Kali, para tener su darshan.

   El lugar superó mi imaginación. El complejo sagrado es inmenso y en su interior, una verdadera multitud se arremolina en los altares. En las docenas de shiva lingams que custodian sacerdotes brahmanes, en el altar de la Diosa Kali y en el cuarto donde vivió el santo hindú.

    En este último lugar, pese a la cantidad de gente que espera para sentarse aunque sea unos minutos en dicha habitación, el silencio se impone naturalmente. La habitación conserva los pocos muebles y cuadros o retratos de deidades o motivos religiosos que tenía originalmente. Sorprende ver, colgado en una pared, un cuadro con el retrato de la Virgen María. Ramakrishna, dicen sus biógrafos, recorrió las principales religiones, así que conoció el camino cristiano, y seguramente, debido a que era un shakta, adorador de la diosa, se vio inclinado al culto a la Virgen. Además, ¿no sería la madre de Cristo la misma diosa que adoraba Ramakrishna?  

23 de enero de 2016

La Bhágavad Guita


     La Bhagavad Guita es el libro sagrado por excelencia de la tradición hindú. Es el más leído y recitado en la India. Y aunque para un occidental moderno la expresión “libro sagrado” no suscite precisamente entusiasmo (tres siglos de cientificismo positivista es mucho peso), para un hindú la Guita es una bendición sumaria, pues no sólo es doctrina, también es sadhana: el resumen de los caminos hacia lo Divino y la tecnología para realizarlo.

     Desde que conocí este libro aprendí lo que era un texto sagrado y la actitud o cortesía para con él. Nunca debe ser puesto en el suelo y jamás se le debe manipular sin estar bañado. Además, un mantra previo debe predisponer nuestra ánima para que la deidad auspicie su lectura y comprensión. Y por supuesto, la Guita debe, al menos en lo posible, recitarse. Y en la lengua que le es connatural, el sánscrito. 

     Tiempo después, estudiando a Guénon, comprendí lo que era una lengua sagrada. El sánscrito lo era porque había servido de vehículo a una revelación, a una irrupción de lo Divino en el plano humano. El sánscrito es la lengua de Dios. No importa lo que digan los lingüistas y sus pedantes taxonomías. El sánscrito es una lengua viva y eso lo sabe todo hindú cuando recita algunos versos de la Guita. 


     Escuchar la recitación de la Guita tiene beneficios espirituales y psíquicos tremendos. Recitarlo es mucho mejor, aunque una empresa más difícil para un hindú que no es indio de origen. Cuando escuché recitar por primera vez la Guita, constaté que un libro tenía poder. No el poder de las ideas (que despiertan masas y el espíritu de revuelta), sino el poder de afinar la mente, de purificar y de transformar lentamente al hombre.






     No insinúo que la Guita carezca de doctrina. Ya dije más arriba que la tiene. Digo que es más que una racionalidad o un discurso filosófico. Es un poder en acción. Pero muy sutil. Que afecta lo interno de uno, abriendo o quemando capas, para que poco a poco se descubra lo Real. Y esto sucede con todos los textos védicos. En Paramahamsi, una ciudad cerca a Jabalpur, en la India, observé y escuché a unos sadhus o monjes recitar los vedas: el clima y la fuerza creada (o descubierta) por esa acción era más que evidente. Hay un cambio de nivel, y uno sencillamente se predispone a la pura contemplación. 

     Y yendo ya a la letra, la Guita es una asombrosa historia sucedida nada más y nada menos que en la circunstancia de una guerra. Y es en esta situación, aparentemente poco espiritual, en que Krishna, la manifestación o encarnación de lo Divino le habla al hombre. Pero no a cualquier hombre. Le habla a Arjuna, el discípulo, el buscador espiritual. El guerrero, listo para librar la verdadera batalla, la del espíritu.

     Entonces Krishna enseña la doctrina y el método. La naturaleza del alma y del yoga. La constitución del hombre y la sociedad según un orden primigenio y por lo tanto divino. Caracteriza los tipos humanos y prescribe sobre los modos de acercarse a lo Divino. Ontologiza la realidad, hasta llegar al Ser o Absoluto y Supremo, encarnado o simbolizado por Krishna, el dios azul que toca la flauta. 




Publicamos la versión castellana en pdf de la Bhagavad Guita realizada por Swami Vijoyananda de la Orden Ramakrishna. Este swami hindú vivió en Argentina muchos años, dirigiendo el famoso Ashrám de la Misión Ramakrishna de ese país. Fue publicado en edición impresa por la editorial Kier:


21 de enero de 2016

La astrología según Yogananda

Sri Yukteswarji y Paramahansa Yogananda


     En su clásico libro Autobiografía de un yogui, el célebre Paramahansa Yogananda dio a conocer la enseñanza de su Gurú acerca de la ciencia de las estrellas.

15 de enero de 2016

Makara Sankranti


   Makara Sankranti es una festividad importante en el calendario religioso hindú. Se celebra cuando el Sol ingresa al signo de Capricornio, llamado Makara en sánscrito. Considerando que ellos usan el zodiaco sideral (que difiere del usado en occidente en veintitrés grados hacia atrás), este año 2016 eso ha sucedido el día de hoy 15 de enero, marcando la primera fiesta auspiciosa del año hindú.

   El año pasado se celebró el 14 de enero y yo me encontraba en la ciudad de Varanasi o Benarés. Esta es la ciudad habitada más antigua de la humanidad y la capital religiosa del Sanatana Dharma o lo que llamamos hinduísmo.

   Una multitud de hombres, mujeres y niños saturaban los ghats, testigos silenciosos de innumerables peregrinaciones a esta ciudad santa, que se yergue aún altiva a orillas de la Madre Ganga, el río sagrado de la India.

   La tradición prescribe que ese día de adore al Sol, símbolo de lo Absoluto y se haga japa, repetición del nombre de Dios. Además, se da limosna a los pobres. En fin, ese día resuma algarabía, pues los niños juegan a la cometa como nunca (y como siempre), y se come kitchari, el plato más sobrio y sabroso que he comido en la India.

   Pero lo festivo y religioso, al menos en la India, tiene siempre una explicación astronómica y astrológica, dos ciencias que en el hinduísmo se confunden felizmente. 

   El dato astrológico nos dice que Capricornio o Makara es el signo que naturalmente ocupa la parte más alta del círculo zodiacal (llamado Medio Cielo), y a la vez, conforma la casa número diez, es decir, la zona o morada que indica la realización, el Padre y el logro social en la vida. Entonces este signo es muy importante para los cultivadores de la yotisha, pues es también cuando el sol se encuentra allí (y Júpiter cuatro signos después, en Tauro), cuando se celebra la Kumbha Mela, la festividad máxima de los hindúes.

   Este signo está regido por Saturno, llamado Sani en la India, planeta gélido y de poco prestigio para los seguidores comunes de la astrología. Pero Sani es el Tiempo, y por ello es lo viejo y lo que se le relaciona, la frialdad y la severidad.

   Así que cuando Surya o el Sol, ingresa radiante y poderoso a Capricornio, se encuentra con el severo y frío Saturno. Se produce un encuentro cordial y la díada por unos días dejará de ser irreconciliable. Saturno se dejará calentar por los rayos del Sol y caminarán de la mano para lograr sus metas. El Sol irradiará y Saturno fijará. Saturno cultivará y el Sol hará florecer. La tierra capricorniana trabajará y el Sol realizará.

   El Sol cruza el Medio Cielo, es decir, entra a Capricornio e irradia, como en ningún otro lugar, su Luz y Poder. Por eso se le reverencia. El frío Saturno se rinde ante el calor y la luz del poderoso Sol.

   El Sol o Surya es el dador del Conocimiento. Su luz es la irradiación del Poder Divino que destruye la oscuridad. Por eso se le adora en la Gáyatri, el mantra védico que los sacerdotes brahmanes recitan diariamente. Surya Namaskar.

10 de enero de 2016

Yotisha


   La yotisha es la ciencia de la luz, así se llama a la astrología en la India. Y el astrólogo se forma no sólo por tradición, es decir, por haber recibido su saber directamente de un maestro, sino que, también tiene una rigurosa formación académica, como la que brinda la Universidad de Benarés. En ella los futuros astrólogos se forman en matemática y astronomía, para después arribar recién a la parte más profunda del saber sideral: saber cómo influencian los astros en la vida de la tierra y en el comportamiento de los hombres.

   Para los hindúes, la astrología es apaurosheya, de origen no humano, un saber que fue recibido, recepcionado desde los orígenes.

   Levantar un mapa natal o astral es detener el tiempo. Es tomar una foto de cómo estaba el cielo cuando nació una persona, una ciudad o un evento cualquiera que revista cierta importancia. La interpretación, basada en códigos muy concretos y en el conocimiento de los símbolos, hace que el astrólogo tenga, al menos en la India, una preeminencia que envidiarían los astrólogos de Europa o América.

   En la India, el astrólogo no sólo describe y explica una realidad vital en base al estudio de las relaciones planetarias. También puede aplicar una tecnología ancestral muy profunda que permita conjurar una configuración planetaria negativa, y así dominarla o superarla.

   Esta tecnología está plasmada en ritos. El hindú es un hombre ritual.Y los ritos son esencialmente adoración. El hindú adora, no como una debilidad o rendido a un sentimentalismo exacerbado. El hindú adora porque reconoce lo sagrado y su poder. Es como si cada día despertara un espacio donde ese poder pudiera actuar. Eso lo predispone al contacto con la naturaleza y al ver en ella la presencia de lo divino. Reconocer entonces que lo terrestre y lo humano guardan relación con lo celeste es inevitable.

   Un planeta es una fuerza, una energía. Pero también es una realidad arquetípica que manifiesta su impronta en los diversos grados de la realidad. Así que mediante los ritos, los sacerdotes astrólogos pueden enlazar algunos eslabones de esa jerarquía ontológica para favorecer situaciones o aplacar una influencia negativa. Y esta acción también busca aplicaciones materiales o mundanas, como es el caso de los talismanes astrológicos.